Manifiesto huertamaro

No escribamos tendencias, escribamos reportajes.

No escribamos solos. No escribamos nuestro egoísmo. No escribamos para nosotros.

No escribamos para quienes tengan la posibilidad de la contrarréplica.

No escribamos los vértices, las puntas, lo evidente. Indaguemos, preguntemos, insistamos.

No escribamos con prisas, aunque se escriba a salto de mata muchas veces, a trompicones muchas veces, a bandazos muchas veces, sin horarios ni cena.

No hagamos reportajes por teléfono.

No copiemos y peguemos de Google.

No asaltemos a los vecinos.

No sigamos la agenda de los medios.

Persigamos el tema, pacientes, constantes, durante el tiempo que haga falta.

Sorteemos los gabinetes de prensa.

Cuestionemos la información, hagamos responsable del contenido de las afirmaciones a quienes las hayan emitido. Dudemos, sospechemos, desconfiemos.

Ordenemos los datos.

Opinemos, reflexionemos, ¿novelemos? Con una base real, reconstruyamos, recreemos, montemos, pieza por pieza, las estancias de lo sucedido.

Escribamos. Llamemos, escuchemos, no adaptemos la realidad a nuestro gusto.

Escribamos lo que veamos, escribamos subjetivamente, escribamos con la firma.

Escribamos y pasemos lo que escribimos de mano en mano, y repasemos el texto. Hasta transformarlo en un artículo convincente, crítico, ácido.

Escribamos para quienes no compren el diario y para quienes —costándoles 1,20 euros— lo compren cada día.

Escribamos para diarios que ya han olvidado la escritura. Escribamos como libros. Buenos reportajes, cañeros, de calidad, para los suplementos que los rechazan porque “no interesa”.

Escribamos para divertirnos. Escribamos como Johan Cruyff hacía jugar a Hristo Stoichkov.